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Expresion artistica y la mujer -
Libreria recomendada
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Escrito por Reyes Monforte
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Cuando llegaron a Pakistán, todavía les quedaba por delante un largo trayecto por recorrer. En el aeropuerto les esperaba el herma- no de Nasrad para recogerles y llevarles hasta la frontera de Afga- nistán. María pudo ver el asombroso parecido entre su marido y su hermano mayor, aunque lo atribuyó también a que ambos te- nían la piel de un tono cetrino y una larga barba que cubría parte de su rostro. «Aunque no se parecieran en sus rasgos físicos, daría la impresión de que son idénticos.» A María le hizo gracia que allí todo el mundo se pareciera debido a la indumentaria y a las carac- terísticas físicas que presentaban.

Desde que descendió del avión, María experimentó como una ola de calor húmedo que progresivamente fue desembocando en una sensación de ahogo que le abofeteaba el rostro. María quiso justificar lo que sentía por la prolongada duración del trayecto y por su estado de buena esperanza. Fue como si nada más poner un pie en tierra, un bochorno incontrolado e inesperado se hubiese apoderado de ella y no la hubiese querido abandonar ni por un momento. —¿Te encuentras bien, María? El interés y la preocupación de Nasrad respondió a la súbita livi- dez que había adquirido el rostro de su mujer. —Claro. Sólo un poco de calor. Nada más. ¿No tienes tú calor? Nasrad no le contestó. Seguramente ni siquiera la escuchó, pues María había formulado la última pregunta coincidiendo con el encuentro entre Nasrad y su hermano. María puedo ver, en un pri- vilegiado segundo plano, cómo su marido y su cuñado se abraza- ban y se besaban. Estuvieron hablando durante un rato. María se sintió algo incómoda durante unos segundos, aunque entendía que era mucho el tiempo que Nasrad no había visto a su familia, y justificó la tardanza a la hora de realizar las presentaciones. Cuando por fin su presencia fue advertida de nuevo, escuchó que su marido, cogiéndola del brazo, le decía algo a su hermano y éste a su vez sonrió a María y le dirigió unas palabras en un idioma extraño, que tan sólo los dos hombres conocían. No hubo besos, ni abrazos ni apretones de manos. Tan sólo sonrisas y amables gestos para que entraran en un coche. María no supo si la gente allí era tími- da, despegada, poco fogosa a la hora de conocerse, o sencillamente no era partidaria de un exceso de acaloramiento a la hora de mos- trar una bienvenida. Pero no pudo entender por qué le faltó tiempo para besar a su marido y sin embargo ella se quedó con el ademán de iniciar un beso. «Debe de ser normal aquí. Estoy en otro país y aquí impera otra cultura. Pero alguien me la podía haber explica- do», pensó María, sin tampoco darle mayor importancia. María estaba demasiado entretenida viendo el devenir de aque- lla gente por el aeropuerto. Le llamó la atención cómo todas las muje- res cubrían la mayor parte de su cuerpo y se alegró de haber ido vestida acorde a los cánones de comportamiento de aquel país. María acarició su vientre durante unos segundos. Este gesto maternal siempre le sentaba bien. Le infundía fuerza y seguridad, le recargaba la dosis de ánimo y coraje que necesitaba y le dibuja- ba al instante una sonrisa en su rostro. Fueron muchas horas de viaje en coche las que invirtieron María, Nasrad y su cuñado hasta llegar a la frontera con Afganistán. Su marido le había explicado con anterioridad que en aquella ocasión no viajarían hasta su pueblo natal, en Afganistán, porque la situa- ción en aquel lugar se estaba complicando y no quería correr ries- gos innecesarios. Su único interés, al menos en ese viaje, era que María conociera a sus padres y a parte de su familia, pasar unos días, quizá un mes con ellos, y luego regresar a Londres para que su mujer pudiera dar a luz a su primer hijo. Por este motivo, habían decidido que los padres de Nasrad y algunos de sus hermanos y hermanas se desplazaran hasta un pueblecito sitiado casi en el término limítrofe de los dos países,...
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