No sabíamos si la abuela había perdido la cabeza o si la había recuperado, cuando aquella mañana, cuando fuimos a visitarla, repetía de manera insistente: ¡Ay, Dios mío! ¿Quién es el padre de mis hijos? El abuelo Héctor había sido militar. Durante años, peleó en varios frentes y se mantuvo lejos de casa por razones evidentes. Pero él y la abuela María, se habían querido mucho. Al menos eso pensaba yo. Claro que una no siempre es el mejor juez, sobre todo para opinar sobre las interioridades de una pareja, por cercana que sea.
La abuela María continuaba haciéndose y haciéndonos preguntas continuamente. ¿Pero hija, y tú de quién eres, del Pascual o del Aurelio? Pero ¿Tú estás casada? ¿Tienes hijos? Y al momento se sumía en un silencio profundo, mascullaba otras cosas y volvía a preguntarse hacia adentro algo que ninguno podíamos entender, para volver a repetir incasable su famosa frase ¡Ay, Dios mío! ¿Quién es el padre de mis hijos?
La tarde se había cubierto de gris. Los cabellos níveos de la abuela, resaltaban sobre el fondo del ventanal. Ella no sabía que estaba en un hospital, y a veces se levantaba y decía a la enfermera: voy a dar de comer a las gallinas, que mi marido es un perezoso. Como siempre ha sido un señorito de uniforme, ahora no quiere mancharse las manos con el pienso, pero digo yo que alguien tiene que hacerlo. Me gustaba su filosofía. Para mi, ella era alguien muy brillante; mucho más que Héctor, que resultó ser un figurón más en las filas del ejército, un número con alguna pequeña condecoración que no ocupaba más de un centímetro en la pechera de su chaqueta. Su forma de dar de comer a las gallinas, de cobijarlas, de mirar la línea del horizonte a la caída de la tarde, eran únicas, irrepetibles. Daba igual que llevara un delantal, las uñas sin retocar o el cesto de huevos apoyado en la cadera. Su figura era soberbia. ¿Y tú de quién eres?, repitió de nuevo. En la habitación había otras dos camas. Las compañeras de mi abuela eran dos ancianitas de aspecto distinto. Una era triste. No tenía familia y estaba ingresada aquejada de demencia senil. A veces parecía recuperar un pequeño párrafo de su pasado y como había sido bailarina, intentaba dar unos pasos con sus zapatillas negras. Las enfermeras no la dejaban terminar su Lago de los cisnes particular, y la acostaban cuanto antes. La otra anciana sonreía continuamente. No creo que tuviera grandes motivos para esa sonrisa perpetua; pero ella, que sabía que no tenía mucho tiempo, nos miraba sonriendo y en silencio. Hablaba con mi abuela cuando estaban solas, aunque ignoro si también se limitarían a hacerse preguntas que ninguna se molestaría en responder. ¿Y tú...? La abuela volvió a la carga antes de quedarse profundamente dormida. Me acerqué a la ventana para ver cómo la lluvia caía mansamente. Bueno, dije en voz baja, a fin de cuentas, si sus hijos no son hijos del abuelo, tampoco nosotros seremos sus nietos. En realidad, a mí el abuelo Héctor no me importaba demasiado. Había muerto hacía quince años y nunca demostró un calor excesivo por nosotros. Era un hombre remilgado, provinciano y poco sutil. No es que fuera malo, era gris, como el tono encapotado de la tarde que finalizaba despacio. María se estaba muriendo. Hacía un mes que había perdido la cabeza pero hasta el final, su orgullo la había mantenido lejos de la artrosis, la miopía o el requerimiento de ayuda. Sabía que su edad la había limitado, pero no quería reconocerlo. Siempre había dicho que el día que no pudiera vivir sola se moriría; para ser independiente siempre. Y ella, con su escasa visión de las cosas y su dolor de huesos, seguía filosofando, cuidando de sus gallinas, dando largos paseos al atardecer, llevando flores a la tumba del hombre que tanto quiso. Aquella noche fue la última. Yo tuve un sueño sobresaltado, cuajado de pesadillas y despertares repentinos. A veces la miraba y me parecía verla en paz consigo mismo; presta a despedirse del mundo sin convertir su despedida en un drama. La noche pasó veloz, y al despertarme volví a mirar por la ventana. El viento azotaba las hojas de los árboles, que eran como brazos gigantescos que intentaran atraparme. Tuve un escalofrío mientras pensaba en la abuela y volví mi rostro hacia ella. Parecía dormir plácidamente pero no era así. Las enfermeras acudieron a mi llamada vehemente, pero nada pudieron hacer. Una de ellas me preguntó si no había oído algo durante la noche, qué sé yo, una llamada, un nombre, mi nombre, su nombre, el de Héctor rondándole por la cabeza en los momentos finales. Yo borré sus voces de mi cabeza. No podía oírlas. Solo recordaba las onzas de chocolate que María sacaba de una cómoda de caoba que luego cerraba con llave. Del olor a manzanas de sus manos; de sus ropas perpetuamente negras; de su moño, peinado con esmero y abierto a ambos lados de la cara sujetos con peinetas de carey. De los jazmines del huerto. Recordaba un lamento, tal vez un reproche, una extraña pregunta que bailaba en mi cabeza: ¡Dios mío! ¿Quién es el padre de mis hijos?
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