FELICIDAD vs MALTRATO Y ABUSO

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Expresion artistica y la mujer - Libreria recomendada
Escrito por Dulce Chacon   
La mujer que iba a morir se llamaba
Hortensia. Tenía los ojos oscuros y no hablaba nunca en voz alta. Sólo cuando la
risa le llenaba la boca, se le escapaba un “Ay madre mía de mi vida?? que aún no
había aprendido a controlar, y lo repetía casi a gritos sujetándose el vientre.
Se pasaba gran parte del día escribiendo en un cuaderno azul. Llevaba el cabello
largo, anudado en una trenza que le recorría la espalda, y estaba embarazada de
ocho meses.

Ya se había acostumbrado a hablar en
voz baja, con esfuerzo, pero se había acostumbrado. Y había aprendido a no
hacerse preguntas, a aceptar que la derrota se cuela en lo hondo, en lo más
hondo, sin pedir permiso y sin dar explicaciones. Y tenía hambre, y frío, y le
dolían las rodillas, pero no podía parar de reír.

Reía.

Reía porque Elvira, la más pequeña de
sus compañeras, había rellenado un guante con garbanzos para hacer la cabeza de
un títere, y el peso le impedía manipularlo. Pero no se rendía. Sus dedos
diminutos luchaban con el guante de lana, y su voz, aflautada para la ocasión,
acompañaba la pantomima para ahuyentar el miedo.

El miedo de Elvira. El miedo de
Hortensia. El miedo de las mujeres que compartían la costumbre de hablar en voz
baja. El miedo en sus voces. Y el miedo en sus ojos huidizos, para no ver la
sangre. Para no ver el miedo, huidizo también, en los ojos de sus familiares.

Era día de visita.

La mujer que iba a morir no sabía que
iba a morir.




2

El muñeco de Elvira vuelve a ser
guante en su mano derecha. Hortensia lo contempla, sin dejar de acariciarse el
vientre y procurando que Elvira no advierta su mirada. Un guante. Un solo
guante, un guante diminuto tejido por las manos amorosas de una madre puede
convertirse en desconsuelo si no se anda con precaución, si la cautela deja de
ser compañera de viaje por un descuido, por un instante, el tiempo suficiente
para que un rostro se vuelva, para que unos ojos vean lo que hubiera sido mejor
que no vieran.

Hortensia se encontraba junto a
Elvira en el locutorio, una habitación con un pasillo central flanqueado por
vallas tupidas y metálicas. Por el interior del pasillo caminaba una funcionaria
vigilando a las internas y a sus familiares. A Elvira la visitaba su abuelo y a
Hortensia su hermana, Pepa. Ninguno de los cuatro acertaba a oír nada. Hortensia
gesticulaba para que su hermana entendiera que su embarazo no le causaba
molestias. Articulaba las palabras precisas, una a una, las justas, despacio,
para que Pepa llevara a su marido muchos besos de su parte. Y se abrazaba a sí
misma para enviarle un abrazo.

La algarabía de los visitantes no
permitía que Hortensia escuchara lo que su hermana se afanaba en decirle. A
gritos, Pepa intentaba ponerla al corriente de que aún no habían fijado la fecha
de su juicio.

—Que todavía no se sabe cuándo saldrá
tu juicio.

—¿Qué?

—El juicio, que no se sabe nada.

Hortensia se agarró a la alambrada
que cercaba el pasillo que la separaba de Pepa. Pepa se agarró a la alambrada de
enfrente para acercarse más a ella; fue entonces cuando ambas vieron a la
guardiana que recorría el pasillo girar la cabeza, y detener su mirada en el
guante de Elvira.


3

Los garbanzos de la cabeza del títere
aún estaban manchados de sangre. Elvira deshizo el muñeco ante los ojos
sorprendidos de su abuelo, que observaba desde el otro lado del pasillo. Alzó el
guante. La guardiana pasó de largo, suponiendo que la joven divertía a su abuelo
con un juego, y continuó recorriendo el pasillo con paso firme y las manos
enlazadas en la espalda. Cuando la funcionaria estuvo suficientemente alejada de
ella, Elvira sacó los garbanzos manchados de sangre y se señaló las rodillas.

La distancia y la penumbra impidieron
que el anciano viera las heridas de su nieta, aún abiertas.

La guardiana se detiene en seco. Gira
la cabeza. Endurece el gesto. Grita: ¡Elvira, atrás! Reanuda la marcha
lentamente y se dirige hacia Elvira apretando los labios en un mohín disfrazado
de sonrisa. Retuerce los dedos sin retirar las manos de la espalda y vuelve a
gritar:

—!Elvira, atrás!

Elvira da un paso hacia atrás, justo
cuando la guardiana golpea la alambrada con su palma izquierda, a la altura del
rostro de Elvira.

—La visita ha terminado para usted.
Retírese a su galería y espéreme allí.

Y añade, sin gritar, dirigiéndose al
abuelo de Elvira:

—Márchese.

El anciano mira a la mujer que tiene
al lado, a la hermana de la que va a morir, a Pepa. La interroga con los ojos,
pero no pregunta qué ha pasado, porque es mejor no hacer preguntas.

—Váyase, abuelo, la visita ha
terminado para su nieta y para usted.

Elvira guarda los garbanzos en el
bolsillo, se enfunda el guante en su diminuta mano y la esconde también en el
bolsillo, reprimiendo el deseo de agitarla para despedir a su abuelo. Tampoco el
anciano se atreve a despedirse de ella. La mira. Y se da la vuelta. Se abre paso
entre los familiares, que continúan gritando mientras se empujan unos a otros
para ocupar el espacio que ha dejado libre junto a la valla metálica. Y se
marcha sin haber comprendido nada.

Nada. En absoluto.


4

No había nevado. Las mujeres formaban
corros en el patio para sumar sus tibiezas, para reunir entre ellas un poco de
calor. Poco. Atisbaban el cielo, con el deseo de que la nieve cayera. Si nieva,
templa, insistía Reme, la mayor del grupo, mientras Tomasa, una extremeña de
piel cetrina y ojos rasgados, la miraba incrédula.

—Que templa, te lo digo yo.

—Qué sabrás.

—Lo sé, porque mi hijo vive en León,
y me lo cuenta. Además, el año pasado cuando nevó, templó.

—Ya se verá.

Tres días llevaban mirando al cielo.

—¿Y qué hace tu hijo en León?

—Está a la mina.

—¿Y ha visto el mar?

—Si en León no hay mar.

—Ah.

—Pero un día vio a la Pasionaria.

—¡Anda ya!

Reme entretenía sus dedos peinando a
Hortensia, haciendo y deshaciendo su trenza una y otra vez.

—Yo tenía asín de largo el pelo. Y
asín de negro.

—¿De verdad que tu hijo vio a la
Pasionaria?

—De lejos, pero la vio.

Tres días estuvieron mirando al
cielo. Y tres días estuvo Elvira sin poder verlo. Los tres días que permaneció
recluida en la celda de castigo por haber intentado explicarle a su abuelo que
soportó el dolor en los interrogatorios, hincada de rodillas sobre los
garbanzos, sin despegar los labios, sin contestar una sola pregunta, sin
desvelar la identidad de su hermano Paulino.

Y ahora, arrellanada en un rincón del
patio, después de haberse negado a compartir el corro donde Tomasa, Reme y
Hortensia intentan mitigar el frío, Elvira se acaricia las mejillas con los
guantes que le había tejido su madre.

Y comenzó a toser.

—Elvirita se ha puesto mala.

—Tiene calentura desde que salió del
«cubo».

—Habrá que avisar a la guardia civila.

—Para el caso que te va a hacer.

Reme dejó de anudar la trenza de
Hortensia.

—Yo voy a ir.

—Pues ve, ya volverás.

—Cuidado que eres refunfuñona, Tomasa.
únicamente sabes refunfuñar que refunfuñar. Refunfuñar únicamente, carajo.

Tomasa puso en jarras los brazos bajo
su toca de lana y se le encaró:

—¿Y qué otro carajo se puede hacer
aquí?

Las discusiones de Tomasa y Reme
nunca duraban mucho. Antes de que ambas se acaloraran, mediaba Hortensia entre
ellas y las calmaba sin mucha dificultad. Pero en esta ocasión, Hortensia no las
escucha siquiera. Porque toda su atención se concentra en Elvira. La contempla,
procurando que Elvira no advierta su mirada.

Hortensia ha dejado de acariciarse el
vientre. Se sujeta los riñones mientras camina hacia el rincón donde Elvira
desliza por sus mejillas los guantes que le hizo su madre poco antes de morir.

Y Elvira tirita.


5

La fiebre no es más que otra forma de
delirio. Delirar es soñar. Y soñar es sentirse lejos. Soñar es estar de nuevo en
casa. Lejos. Huele a mandarinas. Elvira está en casa. Y le fascina la música que
escucha en la radio.

Ojos verdes, verdes como la
albahaca...

A Elvira le apasiona Miguel de
Molina, y Celia Gámez, y la zarzuela, también le gusta mucho la zarzuela, y
Antoñita Colomé y doña Concha Piquer. A ella le gustaría ser cantante, y que los
maestros Valverde, León y Quiroga le compusieran unos Ojos verdes sólo
para ella, con brillo de faca.

... y el verde, verde limón.

Pero su padre ha prohibido
terminantemente a su madre que aliente las fantasías de la niña. Y su madre,
doña Martina, apaga la radio en cuanto siente llegar a su marido. Ella no cree
que las canciones sean obscenas, aun así, apaga la radio para que él no se
enfade.

—Mamá.

Doña Martina ha apagado la radio. Y
Reme regresa para decir que no hay sitio en la enfermería, que la guardiana le
ha dicho que la enfermería está llena.

Y que no tiene entrañas, ha dicho:

—Esa guardia civila no tiene entrañas
en las entrañas.

La extremeña de piel cetrina expresa
un “Ya te lo dije?? sin pronunciar palabra, bajando a la vez la barbilla y las
pestañas al tiempo que tuerce los labios, bien apretados. No ha permitido que
Hortensia se acerque al petate de Elvira, por temor a un mal parto si llega a
contagiarse.

—No te arrimes, no vaya a ser, que ya
tenemos bastante con lo que tenemos de sobra.

Y continúa aplicando paños de agua
fría en la frente que arde, en los brazos que arden, y en la nuca, y en el
cuello.

—Mamá.

Pero la fiebre no baja. El delirio
mantiene el sueño en los ojos abiertos de Elvira y, a escondidas de su padre,
canta un cuplé para su madre y para su hermano Paulino. Ellos aplauden. Ella se
siente artista. Nunca entenderé de dónde te viene la chispa, le dice su madre
mientras coloca una fuente de mandarinas en el centro de la mesa. Nunca lo
entenderé, repite.

—No me lo explico.

Y no se lo explica doña Martina,
porque ella es hija de un militar más bien soso, nacida en Pamplona, y esposa de
otro militar, más soso si cabe, casada en Burgos, y jamás ha conocido gracia o
cascabel alguno, ni en ella ni en su familia ni en la familia de su marido.

—Ha sido Valencia, mamá. El sol. Las
flores. El clima. Valencia tiene la culpa. Y tú, por haberla parido aquí, como a
una naranja.

Sonríe Paulino. Paulino. Su hermano
mayor. Su héroe, aunque aún no se haya marchado a la guerra. Elvira adora a
Paulino, que se ríe de ella, y de su madre, de las dos, y Elvira se queja:

—Mamá.

Y Hortensia escribe en su cuaderno
azul. Escribe a Felipe. Le escribe que siente las patadas de la criatura en el
vientre, y que si es niño se llamará como él. Escribe que piensa que Elvirita se
muere, como se murió Amparo, y Celita, sin dejar de toser, como se murieron los
hijos de Josefa y Amalia, las del pabellón de madres. Escribe que la chiquilla
pelirroja tiene una calentura muy mala. Y que lo único que pueden hacer por ella
es darle el zumo de las medias naranjas que les dan a cada una después del
rancho. Escribe que no sacan mucho porque están muy secas.

—Mamá.

Reme y Tomasa se miran, y miran a
Hortensia. Reme recuerda a su madre. Muchas veces le hubiera gustado llamarla,
así, como Elvira llama a la suya, aunque su madre esté muerta desde hace más de
veinte años, muchas veces, pero no se ha atrevido nunca. Tomasa incorpora a la
niña y le da a cucharadas el zumo de las medias naranjas del postre de todas.
Elvira traga. Y entre cucharada y cucharada se queja:

—Mamá.

Tomasa añora también a su madre, al
igual que Hortensia, que levanta la vista de su cuaderno azul.

—Mamá.

Y el quejido de Elvira es el quejido
de todas.
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TODOS ME MIRAN

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