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Editado en varias lenguas y libro de lectura obligada en cuatro universidades de Estados Unidos, la primera novela de esta nicaragüense nos introduce en dos relatos paralelos: la resistencia indígena a los españoles y la actual insurgencia centroamericana ligados por una confluencia común: la emancipación de la mujer, la pasión y el compromiso libertador.
Lavinia, la protagonista, es una mujer de veintitrés años, miembro de la burguesía de la ciudad ficcional de Faguas, que abandona la casa paterna para iniciar una vida independiente en su propia casa y trabajando como arquitecta. Poco tiempo después descubre que el sistema "proteccionista" y "patriarcal" se extiende a todos los ámbitos de su vida y que la historia personal no tiene ningún sentido si no es incorporada a la historia del país. La historia del país, sin embargo, precede a la protagonista pues en ella figura el sometimiento del indígena y la excede también, en el sentido de que ella sólo representa un sector mínimo en todo el engranaje del país que funciona para crear el futuro. Básicamente, La mujer habitada es una historia de amor (Lavinia y Felipe) inserta en el amplio escenario de cuatro siglos de lucha de un pueblo por la libertad. Al principio de la novela, a Lavinia, la protagonista, le interesa el aspecto teórico del feminismo , su autorealización y el concepto de justicia social: ideas todas que en los años setenta y ochenta parecían no sólo aplicables a la realidad latinoamericana sino un imperativo para cambiar cualquier sistema que necesitaba corrección. Progresivamente, a medida que participa más de la realidad circundante, la preocupación de Lavinia se va desplazando hacia la causa social aplicada y lo que va ganando prioridad es la comunidad no como ideal o concepto sino como suma de entes totalmente definibles. Al final de un proceso de enfrentamiento diario con los diferentes estratos económicos, sociales, culturales y genéricos, llega a la conclusión (aunque nunca lo enuncia de manera dogmática) de que la teoría occidental, aprendida en Europa en sus años de universidad, es de difícil aplicación en su país. La novela comienza con el primer día de trabajo de Lavinia como arquitecta. Ese día vuelve a su casa un poco angustiada por la revelación de que sus colegas hombres no la tratan como a una igual. Su casa, su refugio, está prolijamente ordenada gracias a la ayuda que Lucrecia, la doméstica, le presta. Itzá, la mujer indígena encarnada en el naranjo, observa la llegada de Lavinia y medita en el hecho de que en la actualidad las mujeres no parecen subordinadas sino "personas principales" (p.34) ya que hasta tienen servidumbre para las labores domésticas mientras ellas van a ocupar el espacio tradicionalmente reservado para los hombres. Me parece importante notar aquí el desdoblamiento que adquiere la vida de Lavinia dependiendo del punto de vista desde donde se la mire: Lavinia vuelve a su casa decepcionada por lo que ella interpreta como una falta de emancipación, mientras que Itzá y Lucrecia consideran a Lavinia como una mujer totalmente emancipada. Esta ambigüedad acerca de la significación de lo que se entiende por "emancipación femenina" en Latinoamérica se mantendrá a lo largo de toda la novela. Es interesante que Itzá, la indígena, a pesar de que más tarde se va a revelar como una mujer que desafió las convenciones, no le ve mayor ventaja a la multiplicidad de roles de la mujer contemporánea. De hecho, a pesar de su emancipación, de su determinación por ser autosuficiente y tener su vida bajo control propio, Lavinia sufre decepciones características de las mujeres "tradicionales" aunque a nivel racional se rebele contra "la vocación de Penélope" de las mujeres y el privilegio de tomar decisiones de los hombres. Este problema aparece claramente ilustrado en uno de los primeros capítulos del libro cuando después de comenzar su romance con Felipe, una noche lo espera en vano. Lavinia expone sus reflexiones acerca de la actitud del sexo opuesto en general. No comprende, en efecto, qué es lo que hace que un hombre reniegue en su madurez de lo que ha dependido siempre (la mujer) para vivir, para crecer, para tener los primeros contactos con el mundo y se pregunta por qué se rebelan con tan inusitada fiereza contra esta dependencia "sometiendo al signo femenino, dominándolo, negando el poder de quienes a través del dolor de piernas abiertas les entregaban el universo, la vida" (pp.57-5 .
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