Como cada tarde las dos amigas se sentaban en la primera de las mesas del
café para tomar uno con leche y poder charlar con total tranquilidad.
Aquella tarde el local desprendía aromas de vainilla. Era una tarde
soleada y la gente prefería pasear que sentarse en el viejo café. Por eso, se
encontraban solas, allí sentadas una frente a la otra y con pocas cosas que
decirse. Pero, cuanto menos tienes que decir, más deseas explicar y eso es lo
que le pasó a Josefa:
-¿Sabes? Lo he estado pensando –dijo Josefa.
-¿Pensando en qué? –preguntó Jana
-En que nunca es demasiado tarde.
-¿Para qué? –la interrumpió con preocupación.
-Para empezar de nuevo –y se hizo el silencio más absoluto.
Las dos sorbieron sus humeantes tazas. Las dejaron sobre el plato con
delicadeza. Se miraron y Jana preguntó con temor:
-¿Te encuentras bien?
-Perfectamente –afirmó Josefa-. Ves a eso me refiero con empezar de nuevo.
¿Qué pasa? Qué no podemos romper las leyes establecidas y transmitidas de padres
a hijos por el simple hecho de guardar la tradición.
-No sé a qué te refieres si no te explicas mejor.
-Rondaba los veinte años cuando, sin darme cuenta, era toda una mujer.
Había empeñado mi vida, sin saberlo, por hacerle feliz.
-¿Ha pasado algo qué yo no sepa, qué no me hayas contado?
-No es eso mujer.
-¿Y entonces?
-Nada, nada de lo que he hecho durante estos años lo he elegido yo. He
sufridos muchos años en silencio, gritando cuando nadie me podía escuchar por
miedo a las represalias, al que dirán, guardando siempre la forma.
-Dios Josefa, estoy alucinado.
-Y yo.
-¿Pedimos otro café? Creo que hoy no lo merecemos.
Estuvieron en silencio hasta que llegó el camarero con los dos cafés con
leche. El chico estaba de muy buen ver y la coqueta de Jana no desaprovechó la
ocasión, como hacía cada tarde, para darse el gustazo de mirarlo con deseo.
Cuando el camarero se alejó Josefa intervino:
-Ves, a eso me refiero. ¿Por qué tienes que disimular tus impulsos? No
digo que le tengas que poner los cuernos a tu marido. Estoy diciendo que si no
eres del todo feliz con lo que tienes, pues luches por serlo, y de la forma que
haga falta, incluso rompiendo el orden establecido, sin mirar a derechas ni
izquierdas, sin tener miedo de quién te venga por la espalda, y siempre de
frente.
-Josefa me parece que me interpretas mal.
-La que se interpreta mal eres tú. Cada tarde haces lo mismo con el pobre
chaval. No es un trozo de carne. Tiene sus sentimientos y tú en estos momentos
no podrías darle aquello que él podría interpretar.
-Yo no quiero darle nada. Simplemente me quiero sentir joven.
-¿Te sientes vieja?
-Supongo que en algunos momentos sí.
-A eso me refería. Te sientes vieja porqué estás abonada a un tipo de vida
rutinario que ya no te llena.
-Eso lo dirás por ti.
-Por mí sí, y creo que por ti también. Llevamos muchos años de
confidencias.
La conversación se vio interrumpida por la ruidosa entrada de unos jóvenes
que se acercaron a la barra gritando desmesuradamente y pidiendo una ronda de
cañas.
-¿Qué suerte no tener hijos? –dijo Jana.
-Eso lo dirás por ti. Yo tengo unas ganas locas, pero ya sabes lo que
opina él sobre lo de tener hijos.
-Acabáramos. Ahora sé a dónde quieres llegas.
-Mira, yo quiero empezar de nuevo. He reunido la fuerza suficiente para
decírselo, y no tardaré en hacerlo. Quiero dejar atrás está vida, prescindir de
él, no sé si prescindir por un tiempo de ellos, y buscar mi camino en la vida.
-Joder, hoy estás de lo más filosófica.
-Hoy y siempre, lo que pasa es que llevo muchos años madurándolo,
sopesándolo, para llegar a la conclusión de que nunca es demasiado tarde, y que
si quieres puedo pedir dos plazas en el próximo tren que salga sin destino.
BOLZANO