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MI PRIMER DIA SIN EL
(23 de diciembre del 2003)  A las 11:00 am fui al cuartel a terminar la declaracion, la denuncia. No habia podido dormir nada, evidentemente, aunque los niños si que lo hicieron, unas 6 horas.
Durante las horas que estuve en casa sola con los niños, (él estaba detenido en el calabozo de Torrelodones), no pude ir al dormitorio siquiera, no me atreví. Estuve en el sofá, encogida, con la tele puesta para no oír el silencio.
Miraba a mi alrededor, todo estaba tirado y roto.
Un tazón del desayuno del día anterior estampado contra la pared de la cocina.
Las sillas tiradas por el suelo.
Los restos de mi móvil esparcidos por el parquet.
Suciedad.
Miraba la chimenea apagada. Otras veces encendida me había servido de relajación, siempre me encantó mirar el fuego chisporroteante en la chimenea en pleno invierno. Reconfortaba. Miraba la terraza, desde luego no me atreví a salir, el miedo no había desaparecido aún. Desde dentro miraba la barandilla, desde esa barandilla quiso tirarme tiempo atrás. Desde esa barandilla me había hecho creer que se había tirado cuando le puse la otra denuncia.
Esta vez no retiraría la denuncia, lo tenía claro. No sabía aún que sería de mí, pero no la retiraría, no.
Me sentía agredida por el entorno, por la casa, por la terraza, por el desorden que no me dejaba salir del momento vivido la noche anterior. Intenté empezar a recoger, pero no podía, esta vez no podía. En cada agresión había recogido todo meticulosamente, como borrando lo ocurrido, y eso me había servido para no verlo, para olvidar rápidamente y poder continuar con ese infierno mirando a otro lado. Esta vez no podía recoger los destrozos, me dañaba tocarlos, me trasladaban a unas horas antes, sólo un rato antes.
Cuando desperté a los niños, les vestí y les puse el desayuno. Y marchamos hacia el cuartel, teníamos unos 25 minutos de camino. Miraba hacia todos los lados, no me podía fiar, aunque sabía que él estaba lejos y custodiado por la guardia civil, aún tenía la sensación de que me iba a atacar otra vez más, enfadado por la denuncia o por cualquier otra cosa. Eterno se me hizo el camino, me costaba dar cada paso.
Finalmente llegamos al cuartel, terminé mi denuncia y firmé. De ahí me llevaron a un centro de emergencia para mujeres maltratadas, ya no podría pasear por Villalba sola ni tranquila, ya sólo pisaría mi pueblo para ir al juzgado y a los trámites que sólo yo podía hacer desde ahí, y lo haría acompañada por la policía, para seguridad mía.
A las 17:00 h era el juicio rápido, y no había dado tiempo ni a comer ni a preparar comida... así pues, los niños se quedaron ya en el centro y yo marché con la policía al juzgado. El dispositivo montado para que no le viera estaba muy bien organizado. Pero no es Plaza Castilla, el juzgado es pequeño. Y le oía. Oía su voz, su voz que lo mismo decía que no entendía nada de lo que estaba ocurriendo, que él me quería mucho y yo me había puesto muy nerviosa; lo mismo decía esto que amenazaba. Su voz me dañaba los oídos, temía que se escapara de los guardias civiles y viniera a mí, así que tuve una crisis de nervios.
Mi abogado llegó tarde, no dio tiempo casi ni a hablar. No le pude contar más que en 2 minutos escasos, me dijo que no mencionara que el niño había visto nada, que no les involucrara en el tema. Me prometió que los niños no le verían más a él, ni yo, pero que no los nombrara, que dijera que él con los niños no había tenido nada malo para que no tuvieran que declararar o sería más traumático para ellos.
Cómo no me iba a fiar de mi abogado. Y en qué hora tomé sus falacias por buenos consejos. Los niños ya estaban involucrados, lo habían vivido. Y ningún juez niega visitas a un padre si la madre dice que con ellos no ha maltratado ni los niños han visto nunca nada de maltrato. Puso visitas, condicionadas a que tuviera donde llevarlos, ya que primero tenía que demostrar unas condiciones mínimas para los niños de las que no disponía.
Ni siquiera se puso punto de encuentro, a través de un familiar, que por cierto él mismo eligió a mis padres para que le hicieran de intermediarios en el intercambio, sabía que su familia no querría nada con él, pero mi familia sí. Y no se equivocó, así consiguió tener visitas con los niños, y a través de esas visitas interrogar a los niños sobre mi paradero y transmitirme amenazas.
En la misma instrucción del juicio reconoció su culpabilidad, igual que luego acusaba a su abogado de no defenderle y amenazaba a todos.
Marché con la policía y él con la guardia civil.
La jueza le dio dos horas para recoger sus objetos personales de la vivienda conyugal. Pero él debía ir a una hora y yo a otra, para no coincidir.
Ahí es donde no hubo coordinación suficiente, porque coincidimos en la casa a la vez. El con la guardia civil y yo con la policía. Me llamó a la habitación porque no encontraba no sé qué. Me dijeron que fuera, que no pasaba nada, ellos estaban en el salón. Y fui, sólo quería que se marchara rápido. Y me amenazó de nuevo.
A la cárcel no iba a ir, antes se suicidaba, y antes nos mataba a los tres, sólo no se iría al infierno.
Salí, pero antes me lo repitió de nuevo. Cogí las pocas cosas que me había dado tiempo a preparar antes de que él llegar y dije que nos fuéramos.
Me llevaron al centro.
Los niños ya habían cenado.
Les dije que era muy tarde, que se cambiaran que había que dormir. La nena interpretó que nos íbamos a casa, no me di cuenta de ser más explícita. Se quedó de pie en un rincón del pasillo y dijo que no. Le dije que había que dormir pero entonces me dijo que si quería marchara yo a casa, pero que ella no iba, que se quedaba ahí, que a partir de ese momento viviría ahí.
Entonces sí que les expliqué lo que había dado por supuesto. Que no volveríamos a la otra casa, nunca más, que viviríamos ahí de momento y luego ya nos buscarían otra casa para vivir felices. Y se puso el pijama.
Esa noche tuvieron muchas pesadillas, yo tenía tanto miedo a dormir... no podía cerrar los ojos sin revivir el dolor. Desde la tranquilidad se percibe mejor el sufrimiento que se ha padecido, la crueldad de tanto tiempo, la despedida de mi pueblo, la conciencia de no volver a ver al resto de mi gente (aquéllos que sí valían la pena y no sabían dónde estaba yo ni podían saberlo).
Estaba entre una etapa que se cerraba y otra que aún no estaba preparada para empezar sola. Pero sabía que no había marcha atrás porque yo no la quería.
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