Convidada a la
boda de Micaelita Aránguiz con Bernardo de Meneses, y no habiendo podido
asistir, grande fue mi sorpresa cuando supe al día siguiente -la ceremonia debía
verificarse a las diez de la noche en casa de la novia- que ésta, al pie mismo
del altar, al preguntarle el obispo de San Juan de Acre si recibía a Bernardo
por esposo, soltó un «no» claro y enérgico; y como reiterada con extrañeza la
pregunta, se repitiese la negativa, el novio, después de arrostrar un cuarto de
hora la situación más ridícula del mundo, tuvo que retirarse, deshaciéndose la
reunión y el enlace a la vez.